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La mujer pecadora

Sus vestidos eran blancos como la nieve y su atuendo siempre estaba adornado por la mejor de sus sonrisas. Todos los días agradecía al cielo por un nuevo amanecer, se detenía a escuchar el sonido de los pajaritos y comenzaba con vital alegría sus quehaceres diarios.

Todas las horas de su día eran productivas hasta cuando dormía. Siempre pensaba en hacer el bien y no perdía oportunidad de ayudar a otros fuera el que fuera. Siempre tenía una palabra amable y estaba presta a escuchar a quien lo necesitara. Cada actuar suyo era desinteresado. Era una mujer amada y todas las personas que la rodeaban, le guardaban una profunda admiración, la cual era inspiradora y siempre se hacía pública así ella no lo quisiera.

No pretendía lujos ni fama. Era un ser humano tan diferente. Tan dispuesta, tan extraña y tan amada. No había una causa que ella dejara escapar. Todas las personas eran beneficiadas de su desbordante bondad, así como también la naturaleza y animales. Por esto y más, dormía tranquila, nada le quitaba el sueño y en su corazón se arropaba todas las noches con la tranquilidad de sentirse buena y de hacer siempre el bien.

Al contrario de ella, su esposo no era un digno trofeo del bien. Aunque a decir verdad, el mismo blanco se vería turbio si se comparara con la bondad de esta admirable mujer. Él era alguien normal, con valores propios de una moral rudimentaria que se inspiraba un poco en el ejemplo de su compañera y se conformaba con cumplir los requisitos sociales básicos: no robar, no matar, no codiciar… entre otros códigos que él trataba de cumplir para evitarse castigos y vergüenzas moralistas.

Pero un día, algo inesperado sucedió. Recibieron la visita de un hombre distinguido,  cuya fama era conocida en todo alrededor, dueño y soberano de innumerables terrenos y propiedades y les notificó que el terreno donde ellos vivían no les pertenecía sino que era propiedad de él. Les explicó que mucho tiempo atrás un ladrón de cuello blanco se había apropiado de él, lo había vendido maliciosamente a sus antepasados y así había llegado hasta ellos en forma mentirosa.

Al oír esto, la mujer se postró y se arrodilló, suplicando en nombre de ella y de su familia que les diera una oportunidad para conservar su espacio y su casa; mientras que su esposo totalmente anonadado e impotente casi sin palabras, le suplicaba también por una alternativa. Él distinguido hombre mirándolos con una mirada compasiva podía ver que ambas personas estaban en la misma situación ante sus ojos. No había nada que pudieran hacer por más acciones correctas que se hubieran acumulado antes. Esta era una situación legal con graves implicaciones.

Sin embargo el dueño, se compadeció y decidió regalarles este terreno; acto seguido, procedió a hacer el cambio en las escrituras. Ambos tenían la misma situación: estaban viviendo las consecuencias de un mal anterior que pasó de generación en generación y así fueran las mejores personas, como era el caso de esta virtuosa mujer, la realidad era una: estaban donde no les correspondía, sobre un terreno robado e ilegítimo. No había forma de un trato sin el favor del dueño.

Igualmente pasa con usted y conmigo. Vivimos destituidos de la gloria de Dios desde Adán y Eva. Pero Él en su inmenso amor por el ser humano, dio a su hijo el Señor Jesucristo para que saldáramos nuestra deuda de muerte ante Él y tuviéramos salvación, vida eterna y perdón de pecados. Siendo Dios, se hizo hombre para morir en una cruz. Murió, resucitó y va a volver.

Le dio un terreno de perdón y amor para su vida. Por más hechos admirables que usted hubiera hecho, ante los ojos de Dios, ninguno podía otorgarle el perdón de Él. Únicamente lo tiene, porque Él así lo decidió. Reciba las nuevas escrituras que Él le está dando en el reino de los cielos y anímese a hacer tesoros donde no entra polilla ni ladrones.

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